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Pilates y familia: hay vida después de la oficina

“A veces cuesta mucho compatibilizar la vida con el trabajo”, comenta. Por eso, su consejo es directo y práctico: “Hay que hacer un análisis del día a día y ver dónde están los tiempos. Siempre hay algún espacio que se puede rescatar”.

22/04/2026

Isabel Cuevas, académica de la Escuela de Kinesiología, inició en marzo un taller de pilates al que asiste regularmente dos veces a la semana. Este nuevo pasatiempo se agrega a uno que ha sostenido incansablemente por 13 años: ser madre “24/7”, como ella señala. “Ya tengo que darme los tiempos como para tener una actividad no académica. Algo que me ayude, algo que me aporte y lo estamos llevando a cabo. Espero que no se interrumpa”.

Durante años, la actividad física fue parte natural de su rutina. En la universidad participaba en todo lo que aparecía y durante su doctorado en Bélgica siguió en la misma línea, desde el kickboxing hasta el baile entretenido. La vida avanzó, llegaron nuevas responsabilidades y el ejercicio quedó en pausa.

Entre el trabajo académico y la maternidad, el tiempo comenzó a escasear. Las caminatas esporádicas eran lo único que quedaba de esa etapa más activa. Este año decidió volver con todo. “Sentí que el 2025 dejé muy de lado la actividad física y para nosotros como kinesiólogos es fundamental”. Así llegó al pilates, casi como una decisión consciente de recuperar algo propio.

Tiempo de mamá, tiempo compartido

Si hay algo que Isabel no ha dejado nunca es su rol de madre. “Soy mamá 24/7”, repite, y no es solo una frase. Su hija de 13 años ocupa gran parte de su tiempo libre, pero también de sus momentos más significativos.

“Salimos mucho juntas. Nos gusta caminar, ir a tomar café, comer algo rico, ver series, películas, ahí están mis principales hobbies”. Más que actividades específicas, lo que construyen es rutina compartida. Conversaciones, paseos simples, espacios cotidianos que se transforman en pausas dentro de semanas exigentes.

Hacerse el espacio, aunque cueste

La incorporación de este nuevo calendario semanal no fue inmediata. Requirió organización, límites y una decisión consciente con sus tiempos. “Trabajar a full, pero en el horario que corresponde, respetando también la salida”, explica.

En ese orden, el pilates dejó de ser solo ejercicio y se transformó en algo más profundo: un momento de desconexión real. “El día en que toca ir a entrenar estoy más contenta, más tranquila. Me cambia completamente el ánimo”.

Y no es casualidad. Isabel lo tiene claro, cuando una está bien, todo lo demás fluye mejor. Y el cambio durante la semana, se nota. “Me siento con más energía. Incluso en la mañana ya estoy pensando en que en la tarde tengo mi momento. Es como un premio al final del día”.

En medio de conversaciones con colegas, sobre todo mujeres, reconoce que este tema es transversal. “A veces cuesta mucho compatibilizar la vida con el trabajo”, comenta. Por eso, su consejo es directo y práctico: “Hay que hacer un análisis del día a día y ver dónde están los tiempos. Siempre hay algún espacio que se puede rescatar”.

No se trata de grandes cambios, sino de pequeñas decisiones sostenidas. Porque cuando esos espacios aparecen, el impacto es inmediato. “Cuando uno no está bien, anda más cansada, más irritable. Al contrario, cuando te das estos momentos, todo mejora”.

Isabel lo resume con claridad: el pilates, los paseos con su hija, el café compartido, no son lujos ni extras. Son parte del equilibrio. Y en medio de semanas intensas, reuniones, clases y responsabilidades, esa parece ser la clave, darse tiempo para una misma, sin culpa, también es parte del trabajo.

Facultad de Ciencias PUCV