Académico de la Facultad de Teología analiza la figura de la mujer en el Nuevo Testamento
A propósito de la comisión de estudio sobre el diaconado femenino, instituida recientemente por el Papa Francisco, el profesor Guillermo Calderón Núñez entrega algunas reflexiones.
16.04.2020
Quisiera comenzar estos pensamientos con una pregunta ¿es pertinente preguntar al Nuevo Testamento por ministerios femeninos? Pareciera ser que la pregunta complica una respuesta, pues constatamos que en el Nuevo Testamento no aparecen explícitamente ministerios encargados a mujeres.
A lo largo de los textos neotestamentarios encontramos una constante enseñanza de Jesús: el apostolado es una diaconía (Hech 1,17.25), un servicio, un llamamiento al ministerio (Hech 20,24) y este servicio se puede apreciar en la primera mención de mujeres convirtiéndose en discípulas (Mt 27, 55; Mc 15, 11; Lc 8, 3), las ubica entre los discípulos itinerantes que comparten el mismo ministerio de Jesús.
Por otra parte, Lucas narra el envío de setenta y dos discípulos con el mandato de anunciar el Reino de Dios y sanar a los enfermos y con las mismas recomendaciones dadas a los apóstoles (Lucas 9: 1-6 y 10, 1-20) ¿acaso no es plausible que estos setenta y dos podría incluir discípulas que, más tarde, encontramos en los saludos de Pablo en Romanos 16?... “les recomiendo a Febe … saluden a Prisca (Priscilla) y Aquila…saluden a María…saluden a Trifena y Trifosa …. a la querida Pérsida… a Rufo y a su madre…. saluden a Filólogo y a Julia, a Nereo y a su hermana…” Ciertamente es algo plausible, pues nada en los textos nos autoriza a decretar la imposibilidad de esta suposición y la exclusión automática de discípulas; el estatus igualitario de los discípulos masculinos y femeninos hace suponer que las mujeres estaban entre estas parejas o grupos de personas itinerantes. Nada se interpone en el camino si la mujer no tiene que viajar sola y su (s) compañero (s) supervisan su discurso y la respaldan de acuerdo con las costumbres de la época.
Además, desde el momento en que se admitió la posibilidad de miembros femeninos es pensable que hubiese mujeres importantes a la cabeza de las comunidades, es posible que la misma Febe (“pues ella ha sido benefactora de muchos, incluso de mí mismo” (Rom, 16,2) haya enviado discípulos, y que la “gente de Chloé” (1 Co 1, 11) fuesen misioneros. Chloé, según los comentarios bíblicos, era una acomodada comerciante cristiana de Corinto. También aparece Lidia, comerciante de telas teñidas de púrpura, que acogía a los “hermanos” en su casa (Hech 16,40).
Por otra parte, los profetas desempeñan un destacado papel en las asambleas cristianas. Las epístolas paulinas recomiendan no despreciar la profecía (1 Tes. 5,20), ejercerla de acuerdo con la fe si alguien ha recibido este don (Rom. 12,6). El libro de los Hechos señala la presencia de la profecía en las iglesias de Jerusalén, Antioquía, Éfeso y Cesarea en actividad regulares (Hechos 13,1; 15,32; 19,6; 21,9-10). Quienes parecen profetizando son animadores de las comunidades locales y, entre ellos, se eligen los apóstoles itinerantes. Edifican la asamblea, en el sentido literal de construirla y hacerla crecer, exhortarla, animarla, asegurar la predicación y la instrucción, pronunciar bendiciones y oraciones de acción de gracias (1 Cor 14, 3- 4.15-17.22.31), y ocasionalmente comunican una revelación personal.
Las mujeres profetizaban sin que se pusiera en duda la autenticidad de su inspiración y sin suprimir su actividad. Las cuatro hijas del diácono Felipe (Hech 21,9-10) deben haber tenido una influencia considerable, ya que en su Historia Eclesiástica Eusebio de Cesarea (HE III, 31,3-5) habla de su lugar de entierro honrado por todas las provincias de Asia. Por otra parte, Pablo advierte sobre la forma de vestir de las mujeres a la hora de profetizar (1 Cor 11, 3-6). En el Apocalipsis, se califica de “autoproclamada profetisa” a una mujer de Tiatira llamada Jezabel que enseñaba idolatría (Ap 2,20ss).
Como se ha visto en los párrafos anteriores, las mujeres aparecen o pueden aparecer en diferentes posiciones eclesiales tan pronto como el tema de los ministerios se coloca en una perspectiva más amplia. No se puede olvidar que el término discípulo abarcaba hombres y mujeres y, sin embargo, se tiende a leer exclusivamente para hombres pasajes dirigidos a ambos sexos. Ahora bien, es innegable que, en Lucas, por ejemplo, las proclamas solemnes de la Pasión están dirigidas a los discípulos (9, 18.43) y a los Doce (18, 31). Sin embargo, cuando los dos ángeles de la mañana de Pascua dijeron a las mujeres que habían venido a la tumba: “No está aquí: ¡ha resucitado! Acuérdense de lo que les dijo cuando todavía estaba en Galilea …Entonces ellas se acordaron de sus palabras” (24, 6-8).
En cuanto a los pasajes que excluirían a las mujeres de los ministerios sería necesario revisar sus contradicciones internas y estudiar su articulación con otros pasajes del mismo corpus paulino, por ejemplo, por una parte, en 1 Cor 14, 34-35 se les ordena a las mujeres callar, es decir, que no hablen en las asambleas y por otra, aparece en la asamblea una profetisa (1Cor 11, 2-5).
A medida que la iglesia se vuelve jerárquica, en el modelo de la sociedad de la época, reaparecen los consejos de sumisión dirigidos a las mujeres (1 Tim 2, 11-15), desaparecen las menciones de sus actividades comunitarias y dominan en las llamadas epístolas pseudo paulinas de fin de siglo la alabanza a virtudes familiares como herencia cristiana.
Jesús, con sus actitudes, deja de manifiesto que las mujeres son imagen de Dios, que reciben un llamado igual al discipulado, a la misión de la iglesia, a la consagración para el Reino pues, ya no existe esta dicotomía hombre-mujer “…porque son todos uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28), y todos los seres humanos se van “transformando en su imagen, cada vez más gloriosa, de acuerdo a la obra del Espíritu del Señor” (2 Cor 3,18).
Finalizo esta reflexión preguntándome si ¿el estado en el que encontramos a las mujeres alrededor de Jesús y en las comunidades del primer siglo es normativo para nuestros problemas actuales acerca de la condición social femenina en nuestra realidad eclesial? ¿Habrá que releer el Nuevo Testamento desde nuevas perspectivas? ¿Se tendrán que reevaluar las respuestas dadas por la exégesis hasta ahora? En suma, cualesquiera sean las vías de análisis adoptadas cabe preguntar si ¿el lugar de la mujer en el Nuevo Testamento mide el lugar de la mujer en la Iglesia del siglo XXI?

