Dos huerteros en la Patagonia: otra agricultura es posible

Vivir en armonía con la naturaleza y romper el paradigma de la agricultura industrial fueron ejes que movilizaron a Francisco Vio y Javier Soler, agrónomos de la PUCV, que llegaron a la Región de Aysén con el fin de crear una huerta de cultivo biointensivo que soportara las bajas temperaturas de la zona y que, sobre todo, estuviera libre de pesticidas para una producción de alimentos saludables para abastecer a la zona.

Enero 2020

En el año 2005, el ingeniero agrónomo de la PUCV, Francisco Vio, junto a unos compañeros de Universidad realizó un viaje en bicicleta por la Carretera Austral. En esa aventura conoció el Parque Pumalín y quedó cautivado por los paisajes, así como también por una iniciativa que se desarrollaba en el lugar y que buscaba la protección del ecosistema. “Desde ese momento seguí sus proyectos y cuando se dio la oportunidad postulé para ser voluntario en la huerta que había en Valle Chacabuco, actual Parque Nacional Patagonia. Luego me quedé trabajando y al año llegó Javier a apoyarme”, comenta Francisco sobre su llegada y la de su compañero de universidad, Javier Soler, a la Patagonia.

Desarrollar un huerto en pleno Valle Chacabuco, donde las condiciones climáticas se imponían como un obstáculo para el crecimiento de hortalizas, significó un interesante desafío para estos ex alumnos PUCV, quienes, desde su experiencia y su interés por proteger el ecosistema, optaron por demostrar que otra agricultura es posible. 

Estos jóvenes viñamarinos asumieron el desafío y por 4 años estuvieron desarrollando el Huerto del Parque Patagonia, en los terrenos donados por la Fundación Tompkins al Estado de Chile, donde su principal objetivo era abastecer de alimentos frescos a los restaurantes del parque y a los trabajadores, pero que fueran alimentos que crecieran en total equilibrio con su entorno, basándose en el conocimiento de la naturaleza y sus ciclos.

Uno de sus objetivos fue desarrollar un método de agricultura regenerativa adaptado al contexto local. La Región de Aysén se caracteriza por importar el 80% de sus vegetales desde el norte del país, lo que implica que estos alimentos no llegan frescos, ya que deben viajar en promedio dos días, además de venir desde la agricultura convencional que utiliza pesticidas y químicos.

El Huerto del Parque Patagonia, se convirtió en una alternativa, permitiendo cosechas durante todo el año y llegando a tener más de 30 tipos de cultivos orgánicos desarrollados con el método Biointensivo. 

Soñando una nueva agricultura

Desde Bahía Catalina, en la ribera del Lago General Carrera, Francisco Vio comparte esta experiencia junto a Javier Soler en la Patagonia, y su compromiso con el medioambiente y la agricultura basada en la naturaleza y la comunidad. 

¿Por qué decidieron trasladarse a trabajar a la Patagonia?

“La Región de Aysén presenta una oportunidad única para el desarrollo de una agricultura orgánica a escala humana. Hay sólo 350 horticultores registrados en toda la región, por lo que el alcance de un proyecto a la totalidad de ellos es posible”.

¿Qué características tiene la zona para desarrollar la agricultura?

“La zona prácticamente no tiene agricultura convencional, con excepción de Chile Chico y Coyhaique. Por lo tanto, es un ambiente sano, sin desequilibrios de plagas ni enfermedades que son muy comunes en la zona central. El clima es muy hostil, pero no es un real problema ya que todos en la región están en la misma situación y si uno se adapta, las cosas salen bien, hay mucha demanda por productos frescos y la oferta no da abasto. La temporada está marcada por el inicio de las escarchas, desde mayo a septiembre el ritmo baja mucho y eso da tiempo para descansar y también aprender de los errores para mejorar en la temporada siguiente”.

¿En qué consiste la agricultura Biointensiva que han utilizado en su trabajo en la Patagonia?

“Es un método de agricultura que ha ido evolucionando desde hace al menos cuatro mil años, donde los agricultores en Asia abastecían de productos frescos a ciudades con densidades poblacionales incluso más grandes que las actuales capitales del mundo, con muy poco espacio disponible, pero con gran disponibilidad de abonos de animales, como caballos, vacas, ovejas, gallinas, entre otros. En París antes del automóvil, los agricultores biointensivos aplicaban hasta 200 toneladas de compost por hectárea. En los años 70, aproximadamente, Eliot Coleman viajó a Europa a rescatar las prácticas de las mismas latitudes de Maine y Quebec, equivalentes a Coyhaique y Puerto Guadal, donde estamos nosotros. La agricultura intensiva en los suburbios de París es un referente más cercano. Eliot Coleman y luego Jean Martin Fortier llevaron estas prácticas a otro nivel cuando modernizaron los huertos gracias a las tecnologías y nuevos materiales, haciendo mucho más fácil y eficiente el manejo de éstos, haciéndolo viable económicamente en un contexto tan loco como el actual, donde el precio de los alimentos que consumimos normalmente no consideran los costos socioambientales involucrados, como la erosión de los suelos, contaminación de acuíferos, sequías, enfermedades relacionadas al uso y consumo de agrotóxicos y la misma calidad de vida de los agricultores”.

¿Qué los motivó a utilizar esta forma de trabajar la tierra?

“Nuestra principal fuente de inspiración fue trabajar con Pacho Gangotena y su familia en Ecuador, donde nos convencimos de que es posible vivir bien cultivando la tierra sin depender de fertilizantes ni venenos, construyendo una linda familia y siendo parte de una comunidad que valora tu trabajo. Luego, estudiando libros y visitando a los mismos agricultores que los escribieron. Viajamos a Norteamérica, Europa y África para ver si lo que leíamos era verdad y aprender haciéndolo”.

Cosechando salud y comunidad

Llegaron al Parque Patagonia como voluntarios y su trabajo en terreno, sistema de planificación y calendarización de los cultivos les permitió consolidar la huerta que Tompkins tanto soñaba. El primer año cosecharon 2.100 Kilos en 700 m2 productivos, en tres temporadas aumentaron la producción a 3.700 Kilos. Estos resultados y la experiencia les permitió crear un nuevo proyecto denominado “Huerto cuatro estaciones”.

En esta etapa, Francisco y Javier sumaron a sus parejas, María Jesús May, arquitecta PUC y a Camila Gratacos, diseñadora industrial PUCV. Ambas. desde sus disciplinas llegaron a complementar un equipo motivado por una pasión común: demostrar que es posible vivir en armonía con la naturaleza.

El “Huerto cuatro estaciones” es apoyado por la Fundación para la Innovación Agraria (FIA) y el Gobierno Regional de Aysén, y uno de sus objetivos es validar el método biointensivo en un contexto de comercialización real para la zona, siendo fundamental el transmitir la experiencia a los agricultores de la zona, devolviendo el valor a la vida en el campo.

En mayo de 2018 comenzaron la limpieza de un terreno en Bahía Catalina en el sector de La Península, que se encontraba invadido por rosa mosqueta. En un huerto de media hectárea producen canastas familiares, abasteciendo a restaurantes y participando del pequeño mercado en Puerto Guadal.

“Cada mes realizamos al menos un taller abierto a la comunidad donde les contamos lo que hacemos con total transparencia y simpleza. Estamos intentando impulsar algo como una cooperativa, ya que hay demanda, pero la logística de distribución y la planificación de cosechas para una oferta diversa y constante no está resuelta”, señala Francisco Vio.

Así, por medio de capacitaciones en diversos temas como compostaje, planificación de temporada, diseño, rotación de cultivos, manejo de plagas, entre otros, comparten su experiencia con los agricultores locales, mejorando la calidad de vida de éstos y favoreciendo el desarrollo de comunidades saludables. “Nuestra propuesta es empoderar a través de la práctica en un contexto de mercado real”, destaca.

¿Cómo valoran el trabajo que han realizado en estos años en la Patagonia?

“Hemos demostrado que es posible, el dinero no es el tema, tampoco lo técnico, eso está resuelto hace años. Falta integración de los distintos organismos gubernamentales que tienen mucha presencia en esta región, pero cada uno tira por su cuenta, entonces no hay un lineamiento continuo de progreso. Esperamos romper eso y estar presentes por décadas para lograr avanzar de a poco, para llegar lejos y mostrar cuál es el camino”.

¿Cómo buscan inspirar o influenciar con su trabajo a los nuevos agrónomos?

“Demostrando que el sistema es rentable, todos saben que es bonito trabajar la tierra de forma orgánica. Hay muchos proyectos de este tipo en Chile, pero la mayoría funcionan porque tienen subsidios permanentes desde otros sistemas o están muy enfocados en la educación. El problema es que al no estar insertos en el mercado real algunas prácticas no son realmente viables en un contexto donde tienen que manejar un presupuesto ajustado a tus ventas y nada más. Si el sistema es rentable se sostiene por sí mismo, y si nos ven felices y siendo un aporte a la comunidad, es cosa de tiempo que los jóvenes se inspiren y repliquen. No creo que a alguien le guste trabajar rodeado de veneno o en monocultivos”.

¿Cuál es la importancia de cambiar la forma en que se está trabajando la tierra o produciendo los alimentos?

“Como sociedad estamos destruyendo el planeta. Como país estamos destruyendo nuestro principal capital que es el suelo, con la excusa de ser potencia agroalimentaria y el dinero fácil con la industria de la madera. No podemos seguir en ese rumbo. Simplemente no se puede, es una locura. Estamos al borde del abismo o, mejor dicho, ya estamos en caída libre, necesitamos dar la vuelta y regenerar los suelos y alimentar a los chilenos con alimentos reales, producidos por personas que les importa, cuidando la naturaleza y dejando el mundo mejor que como lo encontramos. Si no lo hacemos, nuestros nietos se van a sentir avergonzados de nosotros”.

Así, rodeados de bosques, campos de hielo, ríos y montañas, estos profesionales no solo cultivan el suelo que hoy es la base de su trabajo, sino que también sus sueños y los de una comunidad, donde cada gramo de semilla comprado y cada metro cuadrado del huerto, tiene una historia y un futuro muy definido, pensar que otra agricultura y otra alimentación es posible.

Equipo Red Alumni PUCV.