Columna: "Actividad y crédito desincronizados"

Por Por Enrique Marshall, director Magíster en Banca y Mercados Financieros PUCV. Publicada en Diario Financiero (10.11.2021)

Actividad y crédito son magnitudes económicas que se relacionan y refuerzan mutuamente. Se mueven sincronizadamente, lo que implica que se aceleran o desaceleran simultáneamente según la fase del ciclo económico. Simplificando, podemos decir que el crédito financia el crecimiento, brindando apoyo a las inversiones que realizan las empresas y al consumo de los hogares, incluyendo la adquisición de viviendas. Las cifras para Chile de los veinte años anteriores a la pandemia confirman la robustez de esta relación, con ciertas particularidades que es interesante resaltar.

Primero, el crédito ha crecido entre dos y tres veces más rápido que la actividad. Así, tradicionalmente, los bancos han proyectado el crecimiento “normal” de sus colocaciones multiplicando por tres la variación anticipada del PIB.

Segundo, las crisis financieras están asociadas normalmente con una significativa contracción del crédito, lo que se conoce técnicamente como “credit crunch”. En 2009, por ejemplo, la contracción del crédito en doce meses llegó al 4%, en tanto la de la actividad lo hizo en torno al 9%.

Tercero, el crédito sigue a la actividad con un rezago de alrededor de un trimestre. Esto quiere decir que la actividad toma la “iniciativa”, se mueve inicialmente como resultado de acciones de política o de cambios en los sentimientos privados. El crédito lo sigue detrás, después de tantear que el terreno está suficientemente firme para avanzar. Por cierto, nada de lo señalado configura relaciones mecánicas ni absolutas.

Las variables económicas responden a decisiones adoptadas en función de información pasada, pero también de proyecciones y expectativas, de manera que los patrones normales no siempre se reproducen exactamente. En esta crisis, la relación entre crédito y actividad se ha apartado de lo normal. Durante el primer año de la pandemia, el crédito se mantuvo dinámico, mostrando tasas de expansión de dos dígitos, mientras la actividad se desplomaba. Este año, las cosas se han revertido. La actividad ha comenzado a mostrar un vertiginoso crecimiento, en tanto, el crédito ha permanecido débil o prácticamente estancado.

Lo que observamos, por tanto, es una recuperación que se aparta de todos los cánones conocidos. Una que no se apalanca en el crédito, sino en el uso de recursos propios en el caso de las empresas o en el desahorro y los retiros previsionales en el caso de los hogares. Por cierto, la recuperación en curso es muy bienvenida. Pero, sus fundamentos despiertan preocupación porque los recursos propios y el desahorro tienen límites, no son infinitos.

Pero, quizá lo más importante, es que la debilidad del crédito denota percepciones de riesgo y/o escasez de proyectos de inversión, que tarde o temprano impactarán en forma adversa sobre el crecimiento.