Opinión: Bendita fragilidad humana

Por Kreti Sanhueza, SSpS, académica de la Facultad Eclesiástica de Teología de la PUCV.

09.04.2020

Aun cuando sabemos por naturaleza propia que nacemos y morimos en un momento determinado y, por lo mismo, de que somos limitados, muchas veces en el correr de los días de nuestra existencia, sobre todo cuando somos jóvenes y sentimos el impulso de nuestra vitalidad, olvidamos esta certeza existencial. Sin embargo, ella, la fragilidad humana, de cuando en cuando hace asomo de presencia y nos invita a detenernos y a mirarla con atención.

Claro está que por nuestra condición de seres únicos e irrepetibles, nos posicionamos frente a la fragilidad desde diversos ángulos, por distintas razones y con diferentes respuestas. Están los que miran la fragilidad como un desafío a superar y, por lo mismo, se tornan creativos y emprendedores; es el momento de salir adelante, de superar la sobrevivencia y pasar al desarrollo estable. Hay otros que la miran con desdén; no pertenece a los que son de espíritus fuertes, luchadores y ganadores. Están también los que la obsequian a otros; no, eso es cosa de niños, de mujeres, de poco iluminados. Y así por delante. Con todo, es una realidad propia de nuestra condición humana; queramos o no: somos inconsistentes.

¿Cuándo se muestra y se nos hace palpable nuestra fragilidad? De variadas maneras y por distintos caminos. Nos encontramos con la fragilidad interna y personal cuando somos incapaces de ser fieles a la propia palabra y no conseguimos ser sinceros ante nosotros mismos y mucho menos con los demás. Somos inconsistentes para proferir una palabra cierta.

Otra forma de palpar nuestra fragilidad es cuando el universo, que llamamos también creación, manifiesta su resistencia ante nuestro afán de dominio. Muchas veces creemos que hemos subyugado el dolor, que podemos avasallar el espacio, manipular todo cuanto existe – materia que está ahí sin que nosotros hayamos colocado o agregado un solo quarks -, y cambiar el curso de los sistemas naturales.

Sin embargo, esa tierra que vemos colocada bajo nuestros pies, de vez en cuando invoca para nosotros mismos nuestra precariedad; no sólo tenemos existencia breve, sino que además insegura, porque en la convivencia con otros seres vivos, ellos pueden tranquilamente ‘doblarnos la mano’ y hacernos perecer cuando nosotros no queremos.

También, se hace palpable nuestra fragilidad cuando se revela ante unos la fuerza, en forma de furia, de los otros que se han reconocido burlados, engañados y abusados. Y por si aún no quisiéramos reconocerlo, nuestra fragilidad se hace palpable cuando experimentamos el miedo que nos paraliza, la angustia que hace aflorar nuestra vulnerabilidad y la inseguridad que nos recuerda que nada es inamovible y para siempre en este mundo.

En clave creyente y cristiana, la fragilidad humana es un regalo. Ella invoca dentro de nosotros el aprendizaje, la experiencia y la humildad de nuestro ego. Nos posibilita valorar la existencia de los demás, como otros válidos y de quienes dependemos. A aceptar bondadosamente la interdependencia y la necesidad de compartir y cuidar de la casa común. Para esto se aproximó Dios a nuestra historia en Jesús; para participar junto a nosotros de nuestra fragilidad. Con su muerte y resurrección, Jesucristo no solo toma consigo nuestra humanidad, sino que la bendice y la restaura. ¡Bendita fragilidad humana!

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