“No es una carrera como otras donde uno va a trabajar con cosas, acá se trabaja con sueños, niños y con familias. El impacto que tiene es enorme”

María Belén Montalva es educadora de párvulos PUCV, egresó el año 2009 de la Universidad y hoy es Directora del jardín infantil Inti Raymi de Fundación Integra, establecimiento que ha sido uno de sus desafíos profesionales.

Proceso de remodelación

El jardín infantil Inti Raymi data de una larga historia relacionada con el mundo social. Partió siendo asilo de ancianos o algo similar, después fue un establecimiento que de acogida para niños del Hogar de Cristo, en ese periodo se le denominó Niño Alberto, y luego pasó a manos de Fundación Integra.  Con el tiempo terminó convirtiéndose en Inti Raymi. María Belén Montalva lideró todo el proceso de cambios que vivió el establecimiento tanto en la infraestructura como en el proyecto educativo.

“Estuvo varios años siendo Niño Alberto, pero ya el nombre no nos cuadraba, porque había otro proyecto educativo.  Muchos años peleamos el tema de la infraestructura, ya que era muy deficiente, hasta que fuimos seleccionados para lo que se llama “Proyectos de Reposición” de los jardines que ya no cumplen ninguna o pocas normativas de estándares de calidad. Se hacen completamente de nuevo”, comentó la docente.

En el año 2017 a Inti Raymi lo remodelaron por completo como parte de una de las construcciones nuevas del compromiso del gobierno de Michelle Bachelet.

“Llegué con hartos desafíos, era directora de otro jardín en Valparaíso y me dijeron que me viniera para acá porque había muchos problemas.  Fue un desafío muy grande en su comienzo. Implicaba ganarse la confianza del a familia de nuevo, armar un equipo completo, y empezar a intencionar un proyecto educativo en el cual pudiéramos reunir los enfoques que la comunidad quería”, sostuvo.

Proyecto educativo

Desde el 2014 la docente, en conjunto con su equipo, empezaron a configurar un proyecto educativo que fuera coherente para la comunidad y el grupo de trabajo.

“Había un reconocimiento por parte de todo el equipo educativo respecto del tema de la diversidad. Diversidad en toda la amplitud que el concepto conlleva. En ese contexto comenzamos primero, con la diversidad asociada a los temas educativos, a las necesidades educativas de los niños. Teníamos muchos niños con necesidades educativas especiales y también nos dimos cuenta que había un requerimiento de una oferta pedagógica más variada y comenzamos a rescatar toda la mirada montessoriana que el jardín tuvo antes cuando era Hogar de Cristo”, señaló.

Reconocimiento indígena

La educadora antes de establecerse en la Región de Valparaíso, trabajó alrededor de tres años en la Junji como asesora intercultural en el norte. En esta experiencia empezó a reflexionar sobre la identidad indígena y la educación.

“Aprendí mucho con las comunidades colla. Poder pensar la identidad indígena como un tema que es parte del patrimonio inmaterial que a todos nos pertenece y cómo, por medio de la educación, podemos ser justos con nuestra cultura que debemos heredar a los niños y poder traspasar los saberes ancestrales que guardan los pueblos originarios”, reflexionó.

¿Cómo fue ese trabajo?

Fue bien bonito, esto tiene que ver mucho con enamorarse y conectarse con este mundo que todos en nuestra escuela, o la mayoría por lo menos, no tuvimos acceso. En la escuela no nos enseñaron mucho de nuestras raíces ancestrales. Entonces para muchos es un tema de “rescate”, no es aprender algo nuevo, sino de tomar algo que siempre nos ha pertenecido, que tenemos que re descubrir.

Desde la concepción de la cosmovisión indígena, la docente lideró un proyecto educativo en torno al reconocimiento de los pueblos originarios.

“Comenzamos con el equipo educativo haciendo capacitaciones, talleres muy vivenciales también de poder encontrarnos y conocer este mundo. Partimos con ese proyecto el 2014, nosotros trabajamos experiencias con los niños en base a la filosofía de tres pueblos específicamente:  el Colla, el Pueblo Rapa Nui y el Mapuche”, declaró.

“Para ellos no es extraño hablarle al sol, para los adultos sí, para los niños es lo más natural del mundo, hablarles a los insectos, a las plantas. Entonces desde allí uno puede empezar a marcar estos saberes con los niños, pero a través de experiencias no folkloricas, sino relacionado a la forma de ver el mundo que tienen los pueblos originarios”, aseguró.

¿Cuáles son los principales cambios que experimentó el jardín?

Fue un cambio súper rotundo porque era un jardín chiquitito, con espacios muy incómodos, de verdad le faltaba mucho para poder ser un espacio físico de calidad. Era muy interesante porque a pesar de eso, es un jardín reconocido por la comunidad.

También, fue algo que anhelábamos mucho, pero fue difícil. Tuvimos que estar casi un año en condiciones de construcción en el mismo espacio. Acá nunca se dejó de atender niños, entonces fueron derrumbando el jardín por partes para poder seguir atendiendo.

Por otro lado, fue complejo dejar el jardín viejo porque uno se enamora de los espacios que habita, son parte del día a día, pero ya viendo la construcción de este jardín tan lindo nos fuimos enamorando del espacio nuevo.

¿Cuáles fueron los desafíos del proyecto?

Cuando nos enfrentamos a la diversidad lo más complejo tiene que ver con los prejuicios sociales que la gente puede tener hacia lo diferente, esa es una situación de la sociedad con la cual convivimos, entonces con la cual tenemos que no enfrentar, sino que visualizar.

Los niños son pequeñitos, los prejuicios todavía no están tan instaurados, pero sí con las familias.  Por lo tanto, el primer encantamiento- y también porque la familia es el primer educador los niños- tiene que ir hacia ellas. Con el equipo no fue tan difícil, el equipo enganchó muy fácilmente y se logró encantar.

Hay familias de algunas religiones que esto les chocó un poco. Eso fue lo que más nos costó, pero cuando ya los niños llegaban a las casas cantando las canciones y hablándoles en Mapudungún o haciendo diferentes cosas, ellos se podían dar cuenta del impacto positivo y el sentido que tenía tanto para los niños como para ellos.

Por otro lado, nos vemos enfrentados a la migración, este año más que nunca. Tengo niños que llegaron hace dos semanas de Venezuela, o sea, lo que implica recibir a una familia llena de inseguridades, de miedos, que llega a un país donde no conoce la cultura ni a nadie, es un desafío tremendo no solamente, desde el proyecto educativo con las culturas ancestrales pensando en cómo lo hacemos para que ellos puedan vivir su cultura de origen acá y relevar el tema de la diversidad Latinoamericana, más allá de eso, es un tema social de cómo acogemos a esas familias

Tenemos que ser un espacio principalmente, de apoyo, acompañamiento, en donde los niños puedan sentir que aquí también está su hogar.

¿Hay algún porcentaje de niños que correspondan al algún pueblo originario?

Tenemos dos niños, sin embargo, creemos que la identidad indígena va un poco más allá, donde todos podemos sentirnos parte de una cultura, algunos más que otros. Hay muchos niños que nos cuentan y nos han traído cosas de la familia, abuelitas o bisabuelitos que eran de los pueblos. Ha sido súper interesante.

Entiendo que hicieron una inauguración…

Sí, también sumado a eso, el año pasado estuvimos finalizando nuestro proyecto educativo que más o menos duró dos años el proceso. Fue un tiempo de consulta abierta a la comunidad, donde tanto las familias, las redes, los vecinos, los niños, el equipo, pudieron plasmar sus sueños. Cuál es el jardín que querían, que se sumó la construcción de un nuevo espacio físico.

Inti Raymi, que es la fiesta del nuevo sol que se celebra desde la cosmovisión andina. Los Aymaras le llaman el Pachakmara(…) Por lo tanto, nos hacía mucho sentido pensar que este jardín fuera un espacio de alegría (..) Además, Quilpué es la ciudad del sol. La inauguración fue la instancia perfecta para compartir saberes.

PUCV

¿Qué recuerdos vienen a tu mente con la PUCV?

Fue una época de poder descubrir mi identidad profesional. Esos años fueron de conocer el hermoso mundo infantil, pero al mismo tiempo ver cuál era la identidad que yo como profesional quería marcar en todos los espacios futuros donde yo fuera.

¿Cómo era la vida universitaria?

En esa época lo que más me marcó era esa vocación y compromiso férreo que trataban de transmitir los docentes, en donde uno llegaba a los jardines infantiles con la impronta de poder hacer transformaciones.

Recuerdo en mis prácticas en Forestal quedándome hasta tarde, yendo a buscar a los niños que no llegaban. Ésa vocación de servicio me nutrió mucho.

Había un énfasis en la innovación, uno podía hacer cosas distintas, proponer y ahí me enganché y pude canalizar toda mi capacidad creativa. Recuerdo, sobre todo a la profe Carola siempre entusiasmada frente a las actividades que uno hacía y apoyando mucho.

¿Qué profesores o asignaturas te marcaron?

El profesor Agustín Bermúdez que me hizo lenguajes artísticos. Él pudo ampliar mucho la mirada desde los lenguajes artísticos hacia la infancia.

Los talleres de desarrollo sociopersonal con la profesora Silvia, también nos marcó mucho, porque eran instancias donde podías descubrir la identidad profesional, pero desde el grupo, entonces tuvimos vivencias como compañeras súper intensas.

También, la profe Carola respecto a la responsabilidad social y de cómo uno con convicción tiene que entregarse a las comunidades, uno no va solamente a hacer clases o entretener a un niño, va a transformar mundo, sobre todo en el trabajo con familias. Es una herencia que todavía tengo y me apasiona.

Hablando de esta relación con Silvia, tu profesora y madre. ¿Cómo ha sido ese vínculo profesional?

Ha sido bien especial porque es indisoluble. Siempre he tratado de separar el tema. Somos colegas, es bueno hacer esa diferencia, pero es un vínculo que no se separa. A mi madre la he admirado mucho por toda la entrega que ha hecho al mundo, desde la educación parvularia y en todos los ámbitos educativos.  Es una persona que yo admiré mucho desde pequeña por esa entrega y vocación por la educación. Como estudiante, verla en clases, escucharla era como una admiración doble.

¿Hiciste un magíster después no?

Sí, en Docencia en Educación Superior. Creo que casi todas las profesionales salimos con la necesidad de seguir perfeccionándonos.

La verdad es que estoy feliz, fue un excelente magíster, porque tiene muy buenos profesores, compartí con mucha gente de otros ámbitos.  Fue una formación realmente privilegiada.

Este jardín es un espacio de prácticas de la carrera ¿cómo ha sido esa experiencia?

Este jardín siempre ha querido ser un espacio de práctica, porque también el equipo lo ve como una oportunidad de compartir y traspasar el proyecto educativo a futuras educadoras. Por otro lado, también aprender de las educadoras en formación. Yo chocheo con las chiquillas, tenemos una relación súper cercana con ellas.

Después de eso me invitaron a hacer el Diplomado en Mentoría, también en la PUCV. Ha sido súper enriquecedor.

Por último, ¿qué le dirías hoy a quienes se están formando en la carrera?

Les diría que disfruten, porque esta no es una carrera como otras donde uno va a trabajar con cosas, acá se trabaja con sueños, niños y con familias, y el impacto que una tiene- a mí a veces se me paran los pelos-  es enorme. Uno no se da cuenta de lo que es hasta que lo vive. El impacto que pueden hacer los centros educativos a la comunidad es muy grande. Por lo tanto, dense el tiempo para disfrutar y para enamorarse de este cuento, porque requiere mucho amor. Además de mucho conocimiento y responsabilidad.

Escuela de Pedagogía PUCV